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"Nada podemos esperar sino de nosotros mismos"   SURda

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05-06-2018

EL TERMÓMETRO AL ROJO DE LA INSEGURIDAD

 

 

SURda

Notas

Opinión

Marcelo Marchese

 

 

El modelo aplicado en los últimos cuarenta años nos brinda ahora uno de sus lindos frutos: la manzana podrida de la delincuencia en aumento.

Un hartazgo ante la inseguridad manifestado en rutas cortadas y reclamos que se hacen oír por doquier, habilitan propuestas como el agravamiento de la penas y la salida de lo militares a la calle, medidas que no solucionarán el problema y con total certeza, lo incrementarán.

Ahora bien, no tomar cartas en el asunto provocará de seguro males incalculables, pues los arrestos ciudadanos que en un principio uno tiende a apoyar, pueden derivar, como han derivado, en acciones donde la impotencia se desata en castigos patoteros que van mucho más allá del arresto necesario. Generar las condiciones para que no se opte por el delito es esencial, pero el Estado debe acompañar este proceso con la represión y si las señales no son claras, si el nuevo Código de Proceso Penal habilita acuerdos donde los bien posicionados salen mejor parados, si se excluye la prisión preventiva y si la policía de forma sospechosa no opera, tarde o temprano la furia ante la inoperancia hará estragos.

En cuanto a la verdadera solución, si sólo lentamente se produjeron las causas que llevaron al aumento del delito, sólo lentamente podremos reducirlas. El aumento de la marginación y el delito es directamente proporcional al deterioro del tejido productivo, social y cultural en el país. El crecimiento de nuestras exportaciones y las estadísticas dudosas a modo de propaganda, no pueden esconder el hecho de que mientras el país más "crece", menos se "desarrolla" y esto último es lo que cuenta. De muy poco nos sirve que la nueva planta de UPM aumente en uno o dos puntos nuestro PBI, si el eucaliptus expulsa gente y si sus beneficios sociales son un enano raquítico al lado del gigante de sus estragos.

Como la delincuencia no viene en los genes ni cae del cielo, no hay más remedio que asociarla con las 1200 familias que pierden sus campos cada año y con la ineluctable concentración de riquezas, con la libre importación de mercaderías y la apuesta oligofrénica a la inversión extranjera, con la ruina de la industria nacional y la desocupación creciente, con la invasión ideológica y el desarraigo cultural, con el deterioro de la educación y el aumento del número de niños que crecen sin padre, con el deshilachado del tejido social y la desesperanza, con la frívola importación de leyes, la pobreza moral de nuestros líderes y el consumo erigido en religión.

El grado de deterioro provocado por el modelo es anunciado por el hedor a orín en el centro de Montevideo y por el estremecedor testimonio de Layera:  "hay sectores a los que no les entendés las palabras, ya tienen otro idioma, tenés que preguntarles qué están diciendo. Es como hablar con un chino".

La solución de este problema viene de la mano de una reactivación de la producción nacional con los cambios sociales y culturales que eso conllevaría, y viene de la mano de una decidida intervención del Estado apostando a la educación y a un necesario reordenamiento radical dentro de la policía, pues a nadie se le escapa que ante ciertos delitos se aplica un sospechosísimo  laissez faire, laissez passer.

En tanto esas medidas de prevención lleguen acaso algún día, un día que estará signado por una revolución cultural donde la ciudadanía decida tomar las riendas de la cosa pública, se puede tomar mientras tanto una medida igualmente "utópica", pero con resultados inmediatos sorprendentes: me refiero a la absoluta liberación del tráfico y consumo de drogas.

¿Por qué? Porque la persecución a las drogas no ha logrado que el consumo se reduzca un ápice, demostrándose ineficiente, y en cambio ha logrado darle pingues ganancias a los mafiosos y buenas ganancias a los corruptos que deberían combatir el narcotráfico. A este lindo combo añádase un aumento de las bandas delictivas que imponen su ley en barrios enteros y más gente lanzada a cárceles abarrotadas, gente que se torna todavía más peligrosa. Si lo pensamos un instante, prohibir el tráfico de drogas es irrazonable.

Pero ¿cómo heredamos esta medida tan ineficiente por un lado y tan absolutamente nefasta por el otro? A principios del siglo XX y a todo lo largo del siglo XIX las drogas podían comprarse en las farmacias y esta libertad no generaba un número masivo de drogadictos. Igual que ahora, el que quería drogarse se drogaba y el Estado no andaba persiguiendo a la gente como un padre ante el nene que se porta mal. A este Estado poco intrusivo le sucedió, para nuestra desgracia, uno que comenzó a demonizar la droga al tiempo que estimulaba un fabuloso negocio para los narcotraficantes.

La campaña antiliberal se inició en EEUU y se supone que fue una reacción a la afluencia de inmigrantes irlandeses, mexicanos y chinos y a la afluencia de los negros recientemente liberados. La puritana cohesión social derivó en una represión a las drogas asociadas a ellos: el alcohol, la marihuana, el opio y la cocaína. " Desde el momento que se prohibía algo que les era más o menos inherente, desde la nada se fabricaba algo para tenerlos a raya"  (1) .

A partir de allí las leyes prohibicionistas se extendieron por el mundo en uno de los momentos más fermentales de la Historia, cuando se publicaba la " Teoría de la relatividad y   La interpretación de los sueños, triunfaba la Revolución Rusa y estallaban movimientos revolucionarios en Hungría y Alemania. Surgían movimientos estéticos radicales como el futurismo, el grupo de Bloomsbury, el dadaísmo y el surrealismo, en tanto en otro registro nacía el tango, el jazz, el cine y el monólogo interior en la literatura. El orden de ideas imperante trastabillaba ante las críticas y propuestas lanzadas en un clima ardiente. La prohibición del uso de drogas se inscribió en un programa para aplacar aquella rebelión que pretendía transformar el mundo, como si la idea de otros mundos fuera peligrosa para aquellos que temen que su mundo se venga abajo".

Así llegó hasta nosotros una prohibición que por un lado no logra nada en absoluto y por el otro es un absoluto desastre que genera estructuras delictivas. A igual demanda, prohibir el tráfico de una mercancía es agregarle un plus a su precio por razones extra económicas, convirtiendo el tráfico de drogas en uno de los negocios más rentables del mundo que requiere, para llevarlo a cabo, armar estructuras criminales. No resulta muy inteligente dotar de ese poder a este tipo de personas. La persecución al tráfico, para colmo, exige más burocracia que se traduce en más impuestos e implica además no cobrar impuestos al consumo ni aplicar controles de calidad.

Como todos sabemos, ni esta propuesta se llevará a cabo, ni se llevará a cabo nada de lo propuesto más arriba y tampoco sucederá nada en absoluto, seguiremos teniendo más de lo mismo pero peor, rozando bordes peligrosísimos.

Es el modelo el que ha generado este cáncer. Tenemos que lograr que a la hora de tomar opciones, el individuo haya vivido en un hogar constituido, donde los padres tienen trabajo o alguna otra ocupación honrosa y donde la familia y una educación al servicio del país le transmitan todo aquello de bueno que la sociedad tiene para darles.

O pensamos que las causas de este problema no tienen nada que ver con nosotros, o pensamos que este problema es un emergente que muestra que el termómetro ha llegado al rojo.

En este tema y en todos los temas, amable lector, la cuestión es siempre las consecuencias suicidas de este modelo.

 

 

(1)  La nefasta práctica de criminalizar el tráfico y consumo de drogas  Marcelo Marchese

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